El Ladrón de Cadáveres
Robert Louis Stevenson
Todas las noches nos sentábamos los cuatro en el reservado de la posada George en Debenham: el empresario fúnebre, el dueño, Fettes y yo. A veces había más gente; pero tanto si hacia viento como si no, si llovía, nevaba o helaba, los cuatro nos instalábamos en nuestros respectivos sillones. Fettes era un viejo escocés dado a la bebida; culto, sin duda, y también acomodado, porque vivía sin hacer nada. Había llegado a Debenham años atrás y se había convertido en hijo adoptivo del pueblo. Su capa azul era una antigüedad, igual que la torre de la iglesia. Su sitio fijo en el reservado de la posada, su conspicua ausencia de la iglesia, y sus vicios vergonzosos eran cosas sabidas en Debenham. Mantenía opiniones vagamente radicales y cierto escepticismo religioso que sacaba a relucir periódicamente, dando énfasis con imprecisos manotazos sobre la mesa. Bebía ron: cinco vasos todas las veladas; y durante la mayor parte de su visita a la posada permanecía en un estado de melancólico estupor alcohólico, siempre con el vaso de ron en la mano derecha. Le llamábamos el doctor, porque se le atribuían ciertos conocimientos de medicina y en casos de emergencia había sido capaz de entablillar una fractura o reducir una luxación, pero, al margen de estos pocos detalles, carecíamos de información sobre su personalidad y antecedentes.
Una oscura noche de invierno -alrededor de las nueve- fuimos
informados de que un gran terrateniente de los alrededores había enfermado en
la posada, atacado de apoplejía, cuando iba hacia Londres y el Parlamento; y
por telégrafo se había solicitado la presencia, a la cabecera del gran hombre,
de su médico de la capital, personaje todavía más famoso. Era la primera vez
que pasaba una cosa así en Debenham (hacía muy poco tiempo que se había
inaugurado el ferrocarril) y todos estábamos convenientemente impresionados.
-Ya ha llegado. -dijo el dueño, después de encender la pipa.
-¿Quién? -dije yo- ¿El médico?
-Precisamente. -contestó nuestro posadero.
-¿Cómo se llama?
-Doctor Macfarlane. -dijo el dueño.
Fettes terminaba su tercer vaso, sumido ya en la borrachera,
unas veces asintiendo con la cabeza, otras con la mirada perdida en el vacío;
pero con el sonido de las últimas palabras pareció despertarse y repitió dos
veces el apellido Macfarlane: la primera con entonación tranquila, pero con
repentina emoción la segunda.
-Sí, -dijo el dueño- así se llama: doctor Wolfe Macfarlane.
Fettes se serenó; sus ojos se aclararon, su voz se hizo
firme y sus palabras más vigorosas. Todos nos quedamos sorprendidos ante
aquella transformación, era como si un hombre hubiera resucitado de entre los
muertos.
-Les ruego que me disculpen, -dijo- mucho me temo que no
prestaba atención a sus palabras. ¿Quién es ese tal Wolfe Macfarlane?
Y añadió, después de oír las explicaciones del dueño:
-No puede ser, claro que no; y, sin embargo, me gustaría ver
a ese hombre cara a cara.
-¿Le conoce usted, doctor? -preguntó el empresario de pompas
fúnebres.
-¡Dios no lo permita! -respondió— Sin embargo, el nombre no
es nada corriente, sería demasiado imaginar que hubiera dos. Dígame, posadero,
¿se trata de un hombre viejo?
-No es un hombre joven. Tiene el pelo blanco; pero sí parece
más joven que usted.
-Es mayor que yo, varios años mayor. Pero -dando un manotazo
sobre la mesa-, es el ron lo que ve usted en mi cara; el ron y mis pecados.
Este hombre quizá tenga una conciencia más fácil de contentar y haga bien las
digestiones. ¡Conciencia! ¡De qué cosas me atrevo a hablar! Se imaginarán
ustedes que he sido un buen cristiano, ¿no? Pues no, yo no; nunca me ha dado
por la hipocresía. Quizá Voltaire habría cambiado si se hubiera visto en mi
caso; pero, aunque mi cerebro -y se dio un manotazo sobre la calva-, aunque mi
cerebro funcionaba perfectamente, no saqué ninguna conclusión de las cosas que
vi.
-Si este doctor es la persona que usted conoce -me aventuré
a apuntar, después de una pausa bastante penosa-, ¿debemos deducir que no
comparte la buena opinión del posadero?
Fettes no me hizo el menor caso.
-Sí, -dijo, con repentina firmeza-, tengo que verlo cara a
cara.
Se produjo otra pausa; luego una puerta se cerró en el
primer piso y se oyeron pasos en la escalera.
-Es el doctor. -exclamó el dueño- Si se da prisa podrá
alcanzarle.
No había más que dos pasos desde el pequeño reservado a la
puerta de la vieja posada George; la ancha escaleraterminaba casi en la calle;
entre el umbral y el último peldaño no había sitio más que para una alfombra
turca; pero este espacio tan reducido quedaba iluminado todas las noches, no
sólo gracias a la luz de la escalera y al gran farol debajo del nombre de la
posada, sino también debido al cálido resplandor que salía por la ventana de la
cantina. La posada llamaba así la atención de los que cruzaban por la calle en
las frías noches de invierno. Fettes llegó sin vacilaciones hasta el vestíbulo
y los demás, quedándonos retrasados, nos dispusimos a presenciar el encuentro
entre aquellos dos hombres, encuentro que uno de ellos había definido como cara
a cara. El doctor Macfarlane era un hombre despierto y vigoroso. Sus cabellos
blancos servían para resaltar la calma y la palidez de su rostro, nada
desprovisto de energía. Iba elegantemente vestido, y lucía una gruesa cadena de
oro para el reloj y gemelos y anteojos del mismo metal precioso. La corbata,
ancha y con muchos pliegues, era blanca con lunares de color lila, y llevaba al
brazo un abrigo de pieles para defenderse del frío durante el viaje. No hay
duda de que lograba dar dignidad a sus años envuelto en aquella atmósfera de
riqueza y respetabilidad; y no dejaba de ser todo un contraste sorprendente ver
a nuestro borrachín -calvo, sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa
azul de camelote- enfrentarse con él al pie de la escalera.
-¡Macfarlane! -dijo con voz resonante, más propia de un
heraldo que de un amigo.
El gran doctor se detuvo bruscamente en el cuarto escalón,
como si la familiaridad de aquel saludo sorprendiera y en cierto modo ofendiera
su dignidad.
-¡Toddy Macfarlane! -repitió Fettes.
El londinense se tambaleó. Lanzó una mirada rápida al hombre
que tenía delante, volvió hacia atrás unos ojos atemorizados y luego susurró
con voz llena de sorpresa:
-¡Fettes! ¡Tú!
-¡Yo, sí! -dijo el otro- ¿Creías que también yo estaba muerto?
No resulta tan fácil dar por terminada nuestra relación.
-¡Calla, por favor! -exclamó el ilustre médico- ¡Calla! Este
encuentro es tan inesperado. Ya veo que te has ofendido. Confieso que no te
había conocido; pero me alegro mucho, me alegro mucho de tener esta
oportunidad. Hoy sólo vamos a poder decirnos hola y hasta la vista; me espera
el calesín y debo tomar el tren; pero debes... veamos, sí... debes darme tu
dirección y te aseguro que tendrás muy pronto noticias mías. Hemos de hacer
algo por ti, Fettes. Mucho me temo que estás algo apurado; pero ya nos
ocuparemos de eso en recuerdo de los viejos tiempos, como solíamos cantar
durante nuestras cenas.
-¡Dinero! -exclamó Fettes- ¡Dinero tuyo! El dinero que me
diste estará todavía donde lo arrojé aquella noche de lluvia.
Hablando, el doctor Macfarlane había conseguido recobrar la
confianza en sí mismo, pero la desacostumbrada energía de aquella negativa lo
sumió de nuevo en su primitiva confusión. Una horrible expresión atravesó por
un momento sus facciones casi venerables.
-Mi querido amigo, -dijo- haz como gustes; nada más lejos de
mi intención que ofenderte. No quisiera entrometerme. Pero sí que te dejaré mi
dirección...
-No. No deseo saber cuál es el techo que te cobija. -le
interrumpió el otro-. Oí tu nombre; temí que fueras tú; quería saber si,
después de todo, existe un Dios; ahora ya sé que no. ¡Sal de aquí!
Pero Fettes seguía en el centro de la alfombra, entre la
escalera y la puerta; y para escapar, el gran médico londinense iba a verse
obligado a dar un rodeo. Estaban claras sus vacilaciones ante lo que a todas
luces consideraba una humillación. A pesar de su palidez, había un brillo
amenazador en sus anteojos; pero, mientras seguía sin decidirse, se dio cuenta
de que el cochero de su calesín contemplaba con interés desde la calle aquella
escena tan poco común y advirtió también cómo le mirábamos nosotros, los del
pequeño grupo del reservado, apelotonados en el rincón más próximo a la
cantina. La presencia de tantos testigos le decidió a emprender la huida. Pasó
pegado a la pared y luego se dirigió hacia la puerta con la velocidad de una
serpiente. Pero sus dificultades no habían terminado aún, porque antes de salir
Fettes le agarró del brazo y, de sus labios, aunque en un susurro, salieron con
toda claridad estas palabras:
-¿Has vuelto a verlo?
El famoso doctor dejó escapar un grito ahogado, dio un
empujón al que lo interrogaba y con las manos sobre la cabeza huyó como un
ladrón. Antes de que a ninguno se nos ocurriera hacer el menor movimiento, el
calesín traqueteaba camino de la estación La escena había terminado como podría
hacerlo un sueño; pero aquel sueño había dejado pruebas y rastros de su paso.
Al día siguiente la criada encontró los anteojos de oro en el umbral, rotos, y
aquella noche todos permanecimos en pie, sin aliento, junto a la ventana de la
cantina, con Fettes a nuestro lado, sereno, pálido y con aire decidido.
-¡Que Dios nos tenga en su seno, Mr. Fettes! -dijo el
posadero, el primero en recobrar el uso de sus sentidos-. ¿A qué obedece todo
esto? Son cosas bien extrañas las que usted ha dicho.
Fettes se volvió hacia nosotros; nos fue mirando a la cara
sucesivamente.
-Procuren atar la lengua. -dijo- Es arriesgado enfrentarse
con Macfarlane; los que lo han hecho se han arrepentido demasiado tarde.
Después, sin terminar el tercer vaso, ni mucho menos
quedarse para consumir los otros dos, nos dijo adiós y se perdió en la noche.
Nosotros tres regresamos a los sillones, con un buen fuego y
cuatro velas nuevas. A medida que recapitulábamos, el primer escalofrío se
convirtió muy pronto en curiosidad. Nos quedamos hasta muy tarde; no recuerdo
ninguna otra noche en la que se prolongara tanto. Antes de separarnos, cada uno
tenía una teoría que se había comprometido a probar, y no había para nosotros
asunto más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro misterioso
contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso doctor
londinense. No es un gran motivo de gloria, pero creo que me dí mejor maña que
mis compañeros para desvelar la historia; y quizá no haya en estos momentos
otro ser vivo que pueda narrarles a ustedes aquellos monstruosos y abominables
sucesos.
De joven, Fettes había estudiado medicina en Edimburgo.
Tenía un cierto talento, que le permitía retener lo que oía y asimilarlo en
seguida. Trabajaba poco; pero era cortés, atento e inteligente en presencia de
sus maestros. Pronto se fijaron en él por su capacidad de atención y su buena
memoria; y, aunque a mí me pareció bien extraño cuando lo oí por primera vez,
Fettes era en aquellos días bien parecido y cuidaba mucho de su aspecto
exterior. Existía por entonces fuera de la universidad un profesor de anatomía
al que designaré aquí mediante la letra K. Su nombre llegó más adelante a ser
tristemente célebre. El hombre que lo llevaba se escabulló disfrazado por las
calles de Edimburgo, mientras el gentío, que aplaudía la ejecución de Burke,
pedía a gritos la sangre de su patrón. Pero Mr. K estaba entonces en la cima de
su popularidad; disfrutaba de la fama debido en parte a su propio talento, y en
parte a la incompetencia de su rival, el profesor universitario. Los
estudiantes, al menos, tenían absoluta fe en él y el mismo Fettes creía, e hizo
creer a otros, que había puesto los cimientos de su éxito al lograr el favor de
este hombre meteóricamente famoso. Mr. K era un bon vivant además de un
excelente profesor; y apreciaba tanto una hábil ilusión como una preparación
cuidadosa. En ambos campos Fettes disfrutaba de su merecida consideración, y
durante el segundo año de sus estudios recibió el encargo semioficial de
segundo profesor de prácticas o subasistente en su clase.
Debido a este empleo, el cuidado del anfiteatro y del aula
recaía sobre Fettes. Era responsable de la limpieza y del comportamiento de los
estudiantes y también constituía parte de su deber proporcionar, recibir y
dividir los diferentes cadáveres. Con vistas a esta última ocupación, Mr. K
hizo que se alojase primero en el mismo callejón y más adelante en el mismo
edificio donde estaban instaladas las salas de disección. Allí, después de una
noche de turbulentos placeres, con la mano todavía temblorosa y la vista
nublada, tenía que abandonar la cama en la oscuridad de las horas que preceden
al alba invernal, para entenderse con los sucios y desesperados traficantes que
abastecían las mesas. Tenía que abrir la puerta a aquellos hombres que después
han alcanzado tan terrible reputación en todo el país, recoger su trágico
cargamento, pagarles el sórdido precio y quedarse solo, al marcharse los otros,
con aquellos desagradables despojos de humanidad. Terminada tal escena, Fettes
volvía a adormilarse por espacio de una o dos horas para reparar así los abusos
de la noche y refrescarse un tanto para los trabajos del día siguiente.
Pocos muchachos podrían haberse mostrado más insensibles a
las impresiones de una vida pasada bajo los emblemas de la moralidad. Su mente
estaba impermeabilizada contra cualquier consideración de carácter general. Era
incapaz de sentir interés por el destino y los reveses de fortuna de cualquier
persona, esclavo total de sus propios deseos y ambiciones. Frío, superficial y
egoísta, no carecía de ese mínimo de prudencia, a la que se da equivocadamente
el nombre de moralidad, que mantiene a un hombre alejado de borracheras
inconvenientes o latrocinios castigables. Como Fettes deseaba además que sus
maestros y condiscípulos tuvieran de él una buena opinión, se esforzaba en
guardar las apariencias. Decidió también destacar en sus estudios y día tras
día servía a su patrón impecablemente en las cosas más visibles y que más
podían reforzar su reputación de buen estudiante. Para indemnizarse de sus días
de trabajo, se entregaba por las noches a placeres ruidosos y desvergonzados; y
cuando los dos platillos se equilibraban, el órgano al que Fettes llamaba su
conciencia se declaraba satisfecho.
La obtención de cadáveres era continua causa de
dificultades. En aquella clase con tantos alumnos y en la que se trabajaba
mucho, la materia prima de las disecciones estaba siempre a punto de acabarse;
y las transacciones que esta situación hacía necesarias no sólo eran
desagradables en sí mismas, sino que podían tener consecuencias muy peligrosas
para todos los implicados. La norma de Mr. K era no hacer preguntas en el trato
con los de la profesión. Ellos consiguen el cuerpo y nosotros pagamos el
precio, solía decir, recalcando la aliteración; quid pro quo. Y de nuevo, y con
cierto cinismo, les repetía a sus asistentes que No hicieran preguntas por
razones de conciencia.
No es que se diera por sentado implícitamente que los
cadáveres se conseguían mediante el asesinato. Si tal idea se le hubiera
formulado mediante palabras, Mr. K se habría horrorizado; pero su frívola
manera de hablar tratándose de un problema tan serio era, en sí misma, una
ofensa contra las normas más elementales de la responsabilidad social y una
tentación ofrecida a los hombres con los que negociaba. Fettes, por ejemplo no
había dejado de advertir que, con frecuencia, los cuerpos que le llevaban
habían perdido la vida muy pocas horas antes. También le sorprendía una y otra
vez el aspecto abominable y los movimientos solapados de los rufianes que
llamaban a su puerta antes del alba; y, atando cabos para sus adentros, quizá
atribuía un significado demasiado inmoral y demasiado categórico a las
imprudentes advertencias de su maestro. En resumen: Fettes entendía que su
deber constaba de tres apartados: aceptar lo que le traían, pagar el precio y
pasar por alto cualquier indicio de un posible crimen.
Una mañana de noviembre esta consigna de silencio se vio
puesta a prueba. Fettes, después de pasar la noche en vela debido a un atroz
dolor de muelas, y caer ya de madrugada en ese sueño profundo e intranquilo que
con tanta frecuencia es la consecuencia de una noche de dolor, se vio
despertado por la tercera o cuarta impaciente repetición de la señal convenida.
La luna, aunque menguante, derramaba abundante luz; hacía frío y la ciudad
dormía, pero una indefinible agitación preludiaba ya el ruido y el tráfico del
día. Los profanadores habían llegado más tarde de lo normal y parecían tener
más prisa por marcharse que otras veces. Fettes, muerto de sueño, les fue
alumbrando escaleras arriba. Oía sus roncas voces, con fuerte acento irlandés,
como formando parte de un sueño; y mientras aquellos hombres vaciaban el
lúgubre contenido de su saco, él dormitaba, con un hombro apoyado contra la
pared; tuvo que hacer luego verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con
que pagar a aquellos hombres. Al ponerse en movimiento sus ojos tropezaron con
el rostro del cadáver. No pudo disimular su sobresalto; dio dos pasos hacia
adelante, con la vela en alto.
-¡Santo cielo! -exclamó- ¡Si es Jane Galbraith!
Los hombres no respondieron pero se movieron
imperceptiblemente en dirección a la puerta.
-La conozco. -continuó Fettes- Ayer estaba viva y muy
contenta. Es imposible que haya muerto; es imposible que hayan conseguido este
cuerpo de forma correcta.
-Está usted completamente equivocado, señor. -dijo uno de
los hombres. Pero el otro lanzó a Fettes una mirada amenazadora y pidió que se
les diera el dinero inmediatamente.
Era imposible malinterpretar su expresión o el peligro que
implicaba. Al muchacho le faltó valor. Tartamudeó, contó la suma convenida y
acompañó a sus visitantes hasta la puerta. Tan pronto como desaparecieron,
Fettes se apresuró a confirmar sus sospechas. Mediante una docena de marcas que
no dejaban lugar a dudas identificó a la muchacha con la que había bromeado el
día anterior. Vio, con horror, señales sobre aquel cuerpo que podían muy bien
ser pruebas de una muerte violenta. Se sintió dominado por el pánico y buscó
refugio en su habitación. Una vez allí reflexionó sobre el descubrimiento;
consideró la importancia de las instrucciones de Mr. K y el peligro para su
persona; finalmente, lleno de dudas, determinó esperar y pedir consejo a su
inmediato superior, el primer asistente.
Era un médico joven, Tolfe Macfarlane, favorito de los
estudiantes temerarios, hombre inteligente, disipado y absolutamente falto de
escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran
agradables y atrevidos. Se le consideraba una autoridad en cuestiones teatrales
y no había nadie más hábil para patinar sobre el hielo ni que manejara con más
destreza los palos de golf; vestía con audacia y, como toque final de
distinción, era propietario de un calesín y de un robusto trotón. Su relación
con Fettes había llegado a ser muy íntima; de hecho sus cargos respectivos
hacían necesaria una cierta comunidad; y cuando escaseaban los cadáveres, los
dos se adentraban por las zonas rurales en el calesín de Macfarlane, para
visitar y profanar algún cementerio y, antes del alba, presentarse con su botín
en la puerta de la sala de disección.
Aquella mañana Macfarlane apareció un poco antes de lo que
solía. Fettes le oyó, salió a recibirle a la escalera, le contó su relato y
terminó mostrándole la causa de su alarma. Macfarlane examinó las señales que
presentaba el cadáver.
-Sí, -dijo- parece sospechoso.
-¿Qué debería hacer? -preguntó Fettes.
-¿Hacer? -repitió el otro- ¿Es que quieres hacer algo?
Cuanto menos se diga, antes se arreglará, diría yo.
-Quizá la reconozca alguna otra persona. -objetó Fettes- Era
tan conocida...
-Esperemos que no, -dijo Macfarlane- y si alguien lo hace,
bien, tú no la reconociste, ¿comprendes?, y no hay más que hablar. Lo cierto es
que esto lleva demasiado tiempo sucediendo. Remueve el cieno y colocarás a K en
una situación desesperada; tampoco tú saldrías bien librado, ni yo. Me gustaría
saber cómo quedaríamos, o qué demonios podríamos decir si nos llamaran como
testigos. Porque hay una cosa cierta: prácticamente, todo nuestro material han
sido personas asesinadas.
-¡Macfarlane! -exclamó Fettes.
-¡Vamos, vamos! -se burló el otro- ¡Como si no lo hubieras
sospechado!
-Sospechar es una cosa...
-Y probar otra. Lo sé; y siento tanto como tú que esto haya
llegado hasta aquí -dando unos golpes en el cadáver con su bastón-. Pero en
esta situación, lo mejor que puedo hacer es no reconocerla; y así es: no la
reconozco. Tú puedes, si es tu deseo. No voy a decirte lo que tienes que hacer,
pero creo que un hombre de mundo haría lo mismo que yo; y me atrevería a añadir
que eso es lo que K esperaría de nosotros. La cuestión es ¿por qué nos eligió a
nosotros como asistentes? Y yo respondo: porque no quería viejas chismosas.
Aquella manera de hablar era la que más efecto podía tener
en la mente de un muchacho como Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El
cuerpo de la desgraciada pasó a la mesa de disección como era costumbre y nadie
hizo el menor comentario ni pareció reconocerla.
Una tarde, después de haber terminado su trabajo, Fettes
entró en una taberna y encontró allí a Macfarlane sentado con un extraño. Era
un hombre pequeño, pálido y de cabellos muy oscuros, y ojos negros como
carbones. Su cara parecía prometer una inteligencia y un refinamiento que sus
modales se encargaban de desmentir, porque nada más empezar a tratarle, se
ponía de manifiesto su vulgaridad. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un
extraordinario control sobre Macfarlane; le daba órdenes como si fuera el Gran
Bajá; se indignaba ante el menor inconveniente o retraso, y hacía groseros
comentarios sobre el servilismo con que era obedecido. Esta persona manifestó
una inmediata simpatía hacia Fettes, trató de ganárselo invitándolo a beber y
le honró con extraordinarias confidencias sobre su pasado. Si una décima parte
de lo que confesó era verdad, se trataba de un bribón de lo más odioso; y la
vanidad del muchacho se sintió halagada por el interés de un hombre de tanta
experiencia.
-Yo no soy precisamente un ángel -hizo notar el
desconocido-, pero Macfarlane... Toddy Macfarlane le llamo yo. Toddy, pide otra
copa para tu amigo.
O bien: -Toddy, levántate y cierra la puerta.
-Toddy me odia -dijo después-. Sí, Toddy, ¡claro que me
odias!
-No me gusta ese maldito nombre, y usted lo sabe. -gruñó
Macfarlane.
-¡Escúchalo! ¿Has visto a los muchachos tirar al blanco con
sus cuchillos? A él le gustaría hacer eso por todo mi cuerpo. -explicó el
desconocido
-Nosotros, la gente de medicina, tenemos un sistema mejor -dijo
Fettes-. Cuando no nos gusta un amigo muerto, lo llevamos a la mesa de
disección.
Macfarlane le miró enojado, como si aquella broma fuera muy
poco de su agrado. Pasó la tarde. Gray, porque tal era el nombre del
desconocido, invitó a Fettes a cenar con ellos, encargando un festín tan
suntuoso que la taberna entera tuvo que movilizarse, y cuando terminó mandó a
Macfarlane que pagara la cuenta. Se separaron ya de madrugada; el tal Gray
estaba completamente borracho. Macfarlane, sereno sobre todo a causa de la
indignación reflexionaba sobre el dinero que se había visto obligado a
malgastar y las humillaciones que había tenido que soportar. Fettes, con
diferentes licores cantándole dentro de la cabeza, volvió a su casa con pasos
inciertos. Al día siguiente Macfarlane faltó a clase y Fettes sonrió para sus
adentros al imaginárselo todavía acompañando al insoportable Gray de taberna en
taberna. Tan pronto como quedó libre de sus obligaciones, se puso a buscar por
todas partes a sus compañeros de la noche anterior. Pero no consiguió
encontrarlos en ningún sitio; de manera que volvió pronto a su habitación, se
acostó en seguida, y durmió el sueño de los justos. A las cuatro de la mañana
le despertó la señal acostumbrada. Al bajar a abrir la puerta, grande fue su asombro
cuando descubrió a Macfarlane con su calesín y dentro del vehículo uno de
aquellos horrendos bultos alargados que tan bien conocía.
-¡Cómo! -exclamó- ¿Has salido tú solo?
Pero Macfarlane le hizo callar bruscamente, pidiéndole que
se ocupara del asunto que tenían entre manos. Después de subir el cuerpo y
depositarlo sobre la mesa, Macfarlane hizo primero un gesto como de marcharse.
Después se detuvo y pareció dudar.
-Será mejor que le veas la cara. -dijo después lentamente,
como si le costara cierto trabajo hablar- Será mejor. -repitió, al ver que
Fettes se le quedaba mirando, asombrado.
-¿Dónde, cómo y cuándo ha llegado a tus manos? -exclamó el
otro.
-Mírale la cara. -fue la única respuesta.
Fettes titubeó. Contempló al joven médico y después el cuerpo;
luego volvió otra vez la vista hacia Macfarlane. Finalmente hizo lo que se le
pedía. Casi estaba esperando el espectáculo que se tropezaron sus ojos pero de
todas formas el impacto fue violento. Ver, inmovilizado por la rigidez de la
muerte y desnudo sobre el basto tejido de arpillera, al hombre del que se había
separado dejándolo bien vestido y con el estómago satisfecho en el umbral de
una taberna, despertó, hasta en el atolondrado Fettes, algunos de los terrores
de la conciencia. Dos personas que había conocido habían terminado sobre las
heladas mesas de disección. Con todo, aquellas eran sólo preocupaciones
secundarias. Lo que más le importaba era Wolfe. Falto de preparación para
enfrentarse con un desafío de tanta importancia, Fettes no sabía cómo mirar a
la cara a su compañero. No se atrevía a cruzar la vista con él y le faltaban
tanto las palabras como la voz con que pronunciarlas. Fue Macfarlane mismo
quien dio el primer paso. Se acercó tranquilamente por detrás y puso una mano,
con suavidad pero con firmeza, sobre el hombro del otro.
-Richardson -dijo- puede quedarse con la cabeza.
Richardson era un estudiante que desde tiempo atrás se venía
mostrando muy deseoso de disponer de esa porción del cuerpo humano para sus
prácticas de disección. No recibió ninguna respuesta, y el asesino continuó:
-Hablando de negocios, debes pagarme.
Fettes encontró una voz que no era más que una sombra de la
suya:
-¡Pagar! -exclamó- ¿Pagarte por eso?
-No tienes más remedio. Desde cualquier punto de vista que
lo consideres. Yo no me atrevería a darlo gratis; ni tú a aceptarlo sin pagar,
nos comprometería a los dos. Este es otro caso como el de Jane Galbraith.
Cuantos más cabos sueltos, más razones para actuar como si todo estuviera en
perfecto orden. ¿Dónde guarda su dinero el viejo K?
-Allí. -contestó Fettes con voz ronca, señalando al armario.
-Entonces, dame la llave. -dijo el otro, extendiendo la
mano.
Después de un momento de vacilación, Macfarlane no pudo
suprimir un estremecimiento, manifestación insignificante de un inmenso alivio,
al sentir la llave entre los dedos. Abrió el armario, sacó pluma, tinta y el
libro diario que descansaban sobre una de las baldas, y del dinero que había en
un cajón tomó la suma adecuada para el caso.
-Ahora, mira, -dijo Macfarlane- ya se ha hecho el pago,
primera prueba de tu buena fe, primer escalón hacia la seguridad. Pero todavía
tienes que asegurarlo con un segundo paso. Anota el pago en el diario y estarás
ya en condiciones de hacer frente al mismo demonio.
La mente de Fettes fue un torbellino de ideas; pero al
contrastar sus terrores, terminó triunfando el más inmediato. Cualquier
dificultad le pareció casi insignificante comparada con una confrontación con
Macfarlane en aquel momento. Dejó la vela que había sostenido todo aquel tiempo
y con mano segura anotó la fecha, la naturaleza y el importe de la transacción.
-Y ahora, -dijo Macfarlane- es de justo que te quedes con el
dinero. Yo he cobrado ya mi parte. Por cierto, cuando un hombre de mundo tiene
suerte y se encuentra en el bolsillo con unos cuantos chelines extra, me da
vergüenza hablar de ello, pero hay una regla de conducta para esos casos. No
hay que dedicarse a invitar, ni a comprar libros caros para las clases, ni a
pagar viejas deudas; hay que pedir prestado en lugar de prestar.
-Macfarlane, -empezó Fettes, con voz todavía un poco ronca-
me he puesto el nudo alrededor del cuello por complacerte.
-¿Por complacerme? -exclamó Wolfe- ¡Vamos! No has hecho más
que lo que estabas obligado a hacer. Supongamos que yo tuviera dificultades,
¿qué sería de ti? Este segundo accidente sin importancia procede sin duda
alguna del primero. Mr. Gray es la continuación de Miss Galbraith. No es
posible empezar y pararse luego. Si empiezas, tienes que seguir adelante; ésa
es la verdad. Los malvados nunca encuentran descanso.
Una horrible sensación de oscuridad y una clara conciencia
de la perfidia del destino se apoderaron del alma del infeliz estudiante.
-¡Dios mío! -exclamó- ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cuándo puede
decirse que haya empezado todo esto? ¿Qué hay de malo en que a uno lo nombren
asistente? Service quería ese puesto; Service podía haberlo conseguido. ¿Se
encontraría él en la situación en la que yo me encuentro ahora?
-Mi querido amigo, -dijo Macfarlane- ¡qué ingenuidad! ¿Acaso
te ha pasado algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si tienes la lengua
quieta? ¿Es que todavía no te has enterado de lo que es la vida? Hay dos
categorías de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero
terminarás sobre una de esas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león,
seguirás vivo y tendrás un caballo como tengo yo, como lo tiene K; como todas
las personas con inteligencia o con valor. Al principio se titubea. Pero ¡mira
a K! Mi querido amigo, eres inteligente, tienes valor. Yo te aprecio y K
también te aprecia. Has nacido para ir a la cabeza, dirigiendo la cacería; y yo
te aseguro, por mi honor y mi experiencia de la vida, que dentro de tres días
te reirás de estos espantapájaros tanto como un colegial que presencia una farsa.
Y con esto Macfarlane se despidió y abandonó el callejón con
su calesín para ir a recogerse antes del alba. Fettes se quedó solo con los
remordimientos. Vio los peligros que le amenazaban. Vio, con indecible horror,
el pozo sin fondo de su debilidad, y cómo, de concesión en concesión, había
descendido a cómplice indefenso y a sueldo. Hubiera dado el mundo entero por
haberse mostrado un poco más valiente en el momento oportuno, pero no se le
ocurrió que la valentía estuviera aún a su alcance. El secreto de Jane
Galbraith y la maldita entrada en el libro diario habían cerrado su boca
definitivamente.
Pasaron las horas; los alumnos empezaron a llegar; se fue
haciendo entrega de los miembros del infeliz Gray a unos y otros, y los
estudiantes los recibieron sin hacer el menor comentario. Richardson manifestó
su satisfacción al dársele la cabeza; y, antes de que sonara la hora de la
libertad, Fettes temblaba, exultante, al darse cuenta de lo mucho que había
avanzado en el camino hacia la seguridad. Durante dos días siguió observando,
con creciente alegría, el terrible proceso de enmascaramiento. Al tercer día
Macfarlane reapareció. Había estado enfermo, dijo; pero compensó el tiempo
perdido con la energía que desplegó dirigiendo a los estudiantes. Consagró su ayuda
y sus consejos a Richardson de manera especial, y el alumno, animado por los
elogios del asistente, trabajó muy deprisa, lleno de esperanzas, viéndose dueño
ya de la medalla a la aplicación.
Antes de que terminara la semana se había cumplido la profecía
de Macfarlane. Fettes había sobrevivido a sus terrores. Empezó a adornarse con
las plumas de su valor y logró reconstruir la historia de tal manera que podía
rememorar aquellos sucesos con malsano orgullo. A su cómplice lo veía poco. Se
encontraban en las clases, por supuesto; también recibían juntos las órdenes de
Mr. K. A veces, intercambiaban una o dos palabras en privado y Macfarlane se
mostraba de principio a fin particularmente amable y jovial. Pero estaba claro
que evitaba cualquier referencia a su común secreto; e incluso cuando Fettes
susurraba que había decidido unir su suerte a la de los leones y rechazar la de
los corderos, se limitaba a indicarle con una sonrisa que guardara silencio.
Finalmente se presentó una ocasión para que los dos trabajaran
juntos de nuevo. En la clase de Mr. K volvían a escasear los cadáveres; los
alumnos se mostraban impacientes y una de las aspiraciones del maestro era
estar siempre bien provisto. Al mismo tiempo llegó la noticia de que iba a
efectuarse un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del
tiempo ha modificado muy poco el sitio en cuestión. Estaba situado, como ahora,
en un cruce de caminos, lejos de toda humana habitación y bajo el follaje de
seis cedros. Los balidos de las ovejas en las colinas de los alrededores; los
riachuelos a ambos lados: uno cantando con fuerza entre las piedras y el otro
goteando furtivamente entre remanso y remanso; el rumor del viento en los
viejos castaños florecidos y, una vez a la semana, la voz de la campana y las
viejas melodías del chantre, eran los únicos sonidos que turbaban el silencio
de la iglesia rural. El Resurreccionista -por usar un término de la época- no
se sentía coartado por ninguno de los aspectos de la piedad tradicional. Parte
integrante de su trabajo era despreciar y profanar los pergaminos y las
trompetas de las antiguas tumbas, los caminos trillados por pies devotos y
afligidos, y las ofrendas e inscripciones que testimonian el afecto de los que
aún siguen vivos.
En las zonas rústicas, donde el amor es más tenaz de lo
corriente y donde lazos de sangre o camaradería unen a toda la sociedad de una
parroquia, el ladrón de cadáveres, en lugar de sentirse repelido por natural
respeto agradece la facilidad y ausencia de riesgo con que puede llevar a cabo
su tarea. A cuerpos que habían sido entregados a la tierra, en gozosa
expectación de un despertar bien diferente, les llegaba esa resurrección
apresurada, llena de terrores, a la luz de la linterna, de la pala y el azadón.
Forzado el ataúd y rasgada la mortaja, los melancólicos restos, vestidos de
arpillera, después de dar tumbos durante horas por caminos apartados, privados
incluso de la luz de la luna, eran finalmente expuestos a las mayores
indignidades ante una clase de muchachos boquiabiertos. De manera semejante a
como dos buitres pueden caer en picado sobre un cordero agonizante, Fettes y
Macfarlane iban a abatirse sobre una tumba en aquel tranquilo lugar de
descanso, lleno de verdura. La esposa de un granjero, una mujer que había
vivido sesenta años y había sido conocida por su excelente mantequilla y
bondadosa conversación, había de ser arrancada de su tumba a medianoche y
transportada, desnuda y sin vida, a la lejana ciudad que ella siempre había
honrado poniéndose, para visitarla, sus mejores galas dominicales; el lugar que
le correspondía junto a su familia habría de quedar vacío hasta el día del
Juicio Final; sus miembros inocentes y siempre venerables habrían de ser
expuestos a la fría curiosidad del disector.
A última hora de la tarde los viajeros se pusieron en
camino, envueltos en sus capas y provistos con una botella de formidables
dimensiones. Llovía sin descanso: una lluvia densa y fría que se desplomaba
sobre el suelo con inusitada violencia. De vez en cuando soplaba una ráfaga de
viento, pero la cortina de lluvia acababa con ella. A pesar de la botella, el
trayecto hasta Panicuik, donde pasarían la velada, resultó triste y silencioso.
Se detuvieron en un espeso bosque no lejos del cementerio para esconder sus
herramientas; y volvieron a pararse en la posada Fisher's Tryst, para brindar
delante del fuego e intercalar una jarra de cerveza entre los tragos de whisky.
Cuando llegaron al final de su viaje, el calesín fue puesto a cubierto, se dio
de comer al caballo y los jóvenes doctores se acomodaron en un reservado para
disfrutar de la mejor cena y del mejor vino que la casa podía ofrecerles. Las
luces, el fuego, el golpear de la lluvia contra la ventana, el frío y absurdo
trabajo que les esperaba, todo contribuía a hacer más placentera la comida. Con
cada vaso que bebían su cordialidad aumentaba. Muy pronto Macfarlane entregó a
su compañero un montoncito de monedas de oro.
-Un pequeño obsequio. -dijo.
Fettes se guardó el dinero y aplaudió con gran vigor el
sentir de su colega.
-Eres un verdadero filósofo. -exclamó- Yo no era más que un
ignorante hasta que te conocí. Tú y K. ¡Por Belcebú que entre los dos haréis de
mí un hombre!
-Por supuesto que sí. -asintió Macfarlane- Aunque si he de
serte franco, se necesitaba un hombre para respaldarme el otro día. Hay algunos
cobardes de cuarenta años, muy corpulentos y pendencieros, que se hubieran
puesto enfermos al ver el cadáver; pero tú no, tú no perdiste la cabeza. Te
estuve observando.
-¿Y por qué tenía que haberla perdido? -presumió Fettes- No
era asunto mío. Hablar no me hubiera producido más que molestias, mientras que
si callaba podía contar con tu gratitud, ¿no es cierto? -y golpeó el bolsillo
con la mano, haciendo sonar las monedas de oro.
Macfarlane sintió una punzada de alarma ante aquellas
desagradables palabras. Puede que lamentara la eficacia de sus enseñanzas en el
comportamiento de su joven colaborador, pero no tuvo tiempo de intervenir
porque el otro continuó en la misma línea jactanciosa.
-Lo importante es no asustarse. Confieso, entre nosotros,
que no quiero que me cuelguen, y eso no es más que sentido práctico; pero la
mojigatería, Macfarlane, nací ya despreciándola. El infierno, Dios, el demonio,
el bien y el mal, el pecado, el crimen, y toda esa vieja galería de curiosidades
quizá sirvan para asustar a los chiquillos, pero los hombres de mundo como tú y
como yo desprecian esas cosas. ¡Brindemos por la memoria de Gray!
Para entonces se estaba haciendo tarde. Pidieron que les
trajeran el calesín delante de la puerta con los dos faroles encendidos y una
vez cumplimentada su orden emprendieron la marcha. Explicaron, que iban camino
de Peebles y tomaron aquella dirección hasta perder de vista las últimas casas
del pueblo; luego, apagando los faroles, dieron la vuelta y siguieron un atajo
que les devolvía a Glencorse. No había otro ruido que el de su carruaje y el
incesante y estridente caer de la lluvia. Estaba oscuro como boca de lobo;
tenían que avanzar al paso y casi a tientas mientras atravesaban aquella
ruidosa oscuridad en dirección hacia su destino. En la zona de bosques tupidos
que rodea el cementerio la oscuridad se hizo total y no tuvieron más solución
que volver a encender uno de los faroles del calesín. De esta manera, bajo los
árboles goteantes y rodeados de grandes sombras que se movían continuamente,
llegaron al escenario de sus impíos trabajos.
Los dos eran expertos en aquel asunto y muy eficaces con la
pala; y cuando apenas llevaban veinte minutos de tarea se vieron recompensados
con el sordo retumbar de sus herramientas sobre la tapa del ataúd. Al mismo
tiempo, Macfarlane, al hacerse daño en la mano con una piedra, la tiró hacia
atrás por encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que, cavando, habían
llegado a hundirse ya casi hasta los hombros, estaba situada muy cerca del
borde del camposanto; y para que iluminara mejor sus trabajos habían apoyado el
farol del calesín contra un árbol casi en el límite del empinado terraplén que
descendía hasta el arroyo. La casualidad dirigió certeramente aquella piedra.
Se oyó en el acto un estrépito de vidrios rotos; la oscuridad les envolvió;
ruidos secos y vibrantes sirvieron para anunciarles la trayectoria del farol
terraplén abajo, y las veces que chocaba con árboles encontrados en su camino.
Una piedra o dos, desplazadas por el farol en su caída, le siguieron dando
tumbos hasta el fondo del vallecillo; y luego el silencio, como la oscuridad,
se apoderó de todo; y por mucho que aguzaron el oído no se oía más que la
lluvia, que tan pronto llevaba el compás del viento como caía sin altibajos
sobre millas y millas de campo abierto.
Como casi estaban terminando ya su aborrecible tarea,
juzgaron prudente acabarla a oscuras. Desenterraron el ataúd y rompieron la
tapa; introdujeron el cuerpo en el saco, que estaba completamente mojado, y
entre los dos lo transportaron hasta el calesín; uno se montó para sujetar el
cadáver y el otro, llevando al caballo por el bocado fue a tientas junto al
muro y entre los árboles hasta llegar a un camino más ancho cerca de la posada
Fisher's Tryst. Celebraron el débil y difuso resplandor que allí había como si
de la luz del sol se tratara; con su ayuda consiguieron poner el caballo a buen
paso y empezaron a traquetear alegremente camino de la ciudad.
Los dos se habían mojado hasta los huesos y ahora, al saltar
el calesín entre los profundos surcos de la senda, el objeto que sujetaban
entre los dos caía con todo su peso primero sobre uno y luego sobre el otro. A
cada repetición del horrible contacto ambos rechazaban instintivamente el
cadáver con más violencia; y aunque los tumbos del vehículo bastaban para
explicar aquellos contactos, su repetición terminó por afectar a los dos
compañeros. Macfarlane hizo un chiste de mal gusto sobre la mujer del granjero
que brotó ya sin fuerza de sus labios y que Fettes dejó pasar en silencio. Pero
su extraña carga seguía chocando a un lado y a otro; tan pronto la cabeza se
recostaba confianzudamente sobre un hombro como un trozo de empapada arpillera
aleteaba gélidamente delante de sus rostros. Fettes empezó a sentir frío en el
alma. Al contemplar el bulto tenía la impresión de que hubiera aumentado de
tamaño. Por todas partes, cerca del camino y también a lo lejos, los perros de
las granjas acompañaban su paso con trágicos aullidos; y el muchacho se fue
convenciendo más y más de que algún inconcebible milagro había tenido lugar;
que en aquel cuerpo muerto se había producido algún cambio misterioso y que los
perros aullaban debido al miedo que les inspiraba su terrible carga.
-Por el amor de Dios, -dijo, haciendo un gran esfuerzo para
hablar- por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!
Macfarlane, al parecer, se veía afectado por los
acontecimientos de manera muy similar y, aunque no dio respuesta alguna, detuvo
al caballo, entregó las riendas a su compañero, se apeó y procedió a encender
el farol que les quedaba. No habían llegado más allá del cruce de caminos que
conduce a Auchenclinny. La lluvia seguía cayendo como si fuera a repetirse el
diluvio universal, y no era nada fácil encender fuego en aquel mundo de oscuridad
y de agua. Cuando por fin la vacilante llama azul fue traspasada a la mecha y
empezó a ensancharse y hacerse más luminosa, creando un amplio círculo de
imprecisa claridad alrededor del calesín, los dos jóvenes fueron capaces de
verse el uno al otro y también el objeto que acarreaban. La lluvia había ido
amoldando la arpillera al contorno del cuerpo que cubría, de manera que la
cabeza se distinguía perfectamente del tronco, y los hombros se recortaban con
toda claridad; algo a la vez espectral y humano les obligaba a mantener los
ojos fijos en aquel horrible compañero de viaje.
Durante algún tiempo Macfarlane permaneció inmóvil,
sujetando el farol. Un horror inexpresable envolvía el cuerpo de Fettes como
una sábana humedecida, crispando al mismo tiempo sus lívidas facciones, un
miedo que no tenía sentido, un horror a lo que no podía ser se iba apoderando
de su cerebro. Un segundo más y hubiera hablado. Pero su compañero se le
adelantó.
-Esto no es una mujer. -dijo Macfarlane en un susurro.
-Era una mujer cuando la subimos. -respondió Fettes.
-Sostén el farol. -dijo el otro- Tengo que verle la cara.
Y mientras Fettes mantenía en alto el farol, su compañero
desató el saco y dejó la cabeza al descubierto. La luz iluminó las moldeadas
facciones y afeitadas mejillas de un rostro demasiado familiar, que ambos
jóvenes habían contemplado con frecuencia en sus sueños. Un violento alarido
rasgó la noche; ambos a una saltaron del coche; el farol cayó y se rompió,
apagándose; y el caballo, aterrado por toda aquella agitación tan fuera de lo
corriente, se encabritó y salió disparado hacia Edimburgo a todo galope,
llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo de aquel Gray con
el que los estudiantes de anatomía hicieran prácticas de disección meses atrás.
Robert Louis Stevenson